Selva Lacandona

El verdadero libro de la selva

Alicia Mastretta

Mundo Nuestro, 15 de junio 2016


El libro puede obtenerse gratuitamente en las oficinas de Natura y Ecosistemas Mexicanos: Plaza San Jacinto 23-D, Col. San Ángel, CDMX. Tel. 5550 9634.


Voy a hablar de la presentación de un libro que conozco bien, y  sin haber logrado tenerlo en mis manos. Al menos lo creo así porque me tocó vivir una parte, unas páginas de sus capítulos. Fui a la presentación buscando conseguirlo, pero los ejemplares que llevaron al lugar se agotaron. El título:Conservación y desarrollo sustentable en la Selva Lacandona: 25 años de actividades y experiencias, coordinado por Julia Carabias, Javier de la Maza y Rosaura Cadena. La presentación fue el pasado 25 de mayo, en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Lo presentaron Rosaura Ruiz, Jorge Meave, Víctor Cordero y Enrique Provencio. El libro trata de la Selva Lacandona, del trabajo de un grupo de biólogos y biólogas en la región y de las Áreas Naturales Protegidas (ANPs) que conservan buena parte de esta selva.

Las Áreas Naturales Protegidas de nuestro país, y del mundo, no son un lujo deseado como un jardín que ver desde la ventana. Son tan necesarias para nuestra supervivencia y calidad de vida como lo son los servicios ambientales que proveen ¿O quién puede vivir sin aire? ¿Qué sería de las pesquerías del Golfo de México sin los nutrientes que bajan de la Selva Lacandona por el Usumacinta? ¿Tendríamos agua hoy en la CDMX sin los bosques de volcanes como el Izta-Popo y el Nevado de Toluca?

 

Meandro del Usumacinta en el Monumento Natural Yaxchilán. Fotografía Javier de la Maza.

 

Los volcanes del Valle de México obtuvieron su estatus de ANPs en 1936, cuando Miguel Ángel de Quevedo convenció a Cárdenas de proteger la parte alta de las cuencas del centro del país. Otras ANPs se crearon después. La Reserva de la Biosfera de Montes Azules (RBMA), en la Selva Lacandona, en 1978.  De entonces a la fecha quedan poco más de un millón de hectáreas de selva de los 10 millones de hectáreas que había en México. Lo que queda está mitad en los Chimalapas y mitad en la Selva Lacandona, buena parte dentro de  la RBMA. ¿Qué pasó con el resto de las selvas de México? Una enorme parte se convirtió en potreros para una ganadería ineficiente o en tierras agrícolas cuya fertilidad desapareció en pocos años (en los trópicos, sin hongos y árboles que reciclen los nutrientes las lluvias literalmente lavan y se llevan la fertilidad de la tierra). Asómense a Tabasco para comprobarlo. Y ya en el ejercicio, pregúntense también qué hizo ese modelo de “desarrollo” respecto a la pobreza de los habitantes de la región y su capacidad de resistir inundaciones.

 

Mapa de las principales ANPs de la Selva Lacandona. Tomado del libro Conservación y desarrollo sustentable en la Selva Lacandona: 25 años de actividades y experiencias.

 

Jorge Meave es ecólogo, fue uno de los primeros biólogos en realizar su tesis en la Selva Lacandona y fue uno de los presentadores del libro del que trato de escribir. Él vio la Selva Lacandona en su magnitud original y le tocó atestiguar el principio de su deforestación: estuvo sentado en uno de los camiones que llevaban gente y tambos de víveres a colonizar forzadamente la frontera sur, familias con la promesa de tierra propia que fueron abandonadas a su suerte en un territorio no apto ni para la ganadería ni para la agricultura que ellos sabían hacer.

Ni esas familias, ni el Estado y quizá ni el propio Jorge Meave dimensionaron que los kilómetros de selva eran finitos y que pocas décadas después su deforestación desmedida nos afectaría tanto. ¿Podría haber sido distinta la historia? ¿Qué sintió Jorge Meave al presentar este libro habiendo visto la selva que fue?

Presente. ¿Qué pasa con lo que queda de las selvas hoy, en la Selva Lacandona? Fuera del territorio de ANPs como la RBMA, más o menos la misma historia: deforestación para agricultura y ganadería con la promesa de desarrollo que no más no llega, nueva deforestación cuando la fertilidad de la tierra ya abierta se agota. Bajo este contexto las ANPs están bajo contaste acoso, son vistas como reservas territoriales, en vez de áreas de ecosistemas naturales que no deben desmontarse. Este modelo obedece a la idea de que los ecosistemas naturales son ociosos y requieren ser convertidos en terrenos que sean productivos económicamente, como la ganadería. Sin embargo, y particularmente en ecosistemas como la selva, esto ha probado producir una espiral de pobreza y degradación del medio ambiente.

Lo dijo mejor durante la presentación del libro el ecónomo Enrique Provencio: “[Esto es] algo que quizá no ha aprendido bien el desarrollo economicista mexicano, que sigue acosando a las ANPs con minería, con infraestructura, con un supuesto desarrollo que a la hora de la hora ni conserva ni desarrolla.”

¿Cómo podemos cambiar el rumbo? ¿Cómo generar alternativas económicas para los habitantes de la región que no impliquen desmontar la selva, sino conservarla? ¿Qué conservamos al conservar la selva? ¿Por qué conservar la Selva Lacandona debe ser una prioridad nacional? Ese es el contenido del libro: responder las preguntas anteriores. Lo que logra, en palabras de Victor Cordero, mastozoólogo y director del Instituto de Biología de la UNAM, a través de brindar una “visión integral en tres temas fundamentales: la conectividad biológica, la importancia de las ANPs como áreas de resiliencia (capacidad de minimizar y reponerse de los efectos nocivos) ante el cambio climático y el vínculo entre la conservación y el desarrollo sustentable.”

Experiencias como las publicadas en este libro rara vez se cuentan y recopilan porque quienes están involucrados en ellas con trabajo sobrellevan el bomberazo diario. Sin embargo se trata de información valiosísima. “Hay recuadros que valen una tesis”, dijo Provencio.

Esta información no existiría de forma sistematizada  si el equipo de Natura y Ecosistemas Mexicanos (la ONG dirigida por Javier de la Maza que impulsó el libro y que lleva años trabajando en la selva) no hubieran decidido reunir a 60 (o por ahí) investigadores/as de diferentes universidades para compilar décadas de trabajo bajo una sola portada.

El mérito de un trabajo como este es científico, pero con profundas raíces en el ámbito social. Durante la presentación, Rosaura Ruiz, directora de la Facultad de Ciencias dijo: “Este libro nos devela un intento por guiar el trabajo científico dando respuesta a las preocupaciones medioambientales”, y  yo aplaudí mentalmente esas palabras, porque creo que ese es el tipo de ciencia que debe hacerse: en sinapsis con la realidad, en vez de aislado en el aula y al servicio de lo que la publicación en revistas científicas de mayor prestigio demande. El trabajo científico detrás de este libro es la ciencia que debiéramos impulsar y reconocer, por eso da gusto que este libro se presentara y aplaudiera desde la propia facultad que ayudó a engendrarlo.

 

Mono saraguato (Alouatta pigra), una de las especies emblemáticas de la Selva Lacandona. Fotografía de Javier de la Maza.

 

El otro motivo por el que tiene sentido que una obra así salga de la Facultad de Ciencias es porque sus estudiantes fuimos y son buena parte de la energía que mueve al proyecto. Según las cuentas que dio Meave en su presentación, sólo en los últimos años ha habido 54 estudiantes haciendo su servicio social, 250 en estancias cortas y 15 tesistas. Por eso: “[este proyecto] no está condenado a la extinción”. Lo que falta es mayor participación de las universidades locales, como bien recalcó de nuevo Meave. “Es su estado, hay que sacudir un poco a los chiapanecos –y alguien levantó la mano en el auditorio– para que se integren más, se beneficien y puedan ser actores con más conocimiento y convicción.”

En realidad no es sólo a las universidades chiapanecas a las que hay que subir al barco, sino al país mismo. Lo que trato de decir está mejor explicado en las conclusiones de la síntesis del libro:

Si no se incorporan estas experiencias en una política nacional, transversal, planeada con criterios territoriales y de largo plazo y se construye una política de Estado en materia ambiental, estas experiencias, como muchas otras en el país, quedarán como ejemplos piloto que servirán a la población que se beneficia directamente de los proyectos, a las empresas donantes que mediante sus fundaciones cumplen con su responsabilidad social y ambiental, a los académicos que publican y a los estudiantes que se reciben de sus licenciaturas, maestrías o doctorados, pero no al país, no al patrimonio natural que cada día está más menguado y amenazado.

La Selva Lacandona es para México, aunque no acaben de reconocerlo plenamente el gobierno ni la sociedad, la porción de país más valiosa por su naturaleza; cuidarla y protegerla es una responsabilidad de los mexicanos, para con nosotros mismos, para con el mundo y para con los que aún no han llegado.

 

Video completo de la presentación el pasado 25 de mayo del 2016, en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

https://www.youtube.com/embed/4rQrdiqkxLw


Nota final: Quien quiera el libro puede conseguirlo gratuitamente en las oficinas de Natura y Ecosistemas Mexicanos, en Plaza San Jacinto 23-D, Col. San Ángel, CDMX. Tel. 5550 9634. La versión digital estará pronto disponible en línea.

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