Cambio climático: inacción por evasión

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Cambio climático: inacción por evasión

José Sarukhán Kermez  ǀǀ  El Universal  ǀǀ  06 de diciembre de 2013

En los dos artículos previos a éste, sobre el tema del cambio climático, establecí la pregunta central que mantiene en estado de casi inacción a los países industrializados respecto al calentamiento global de la atmósfera y el cambio climático, consecuencia inevitable del tipo de su actividad económica. La pregunta era —y seguirá siendo —: ¿es posible llevar a cabo reducciones drásticas de gases de efecto invernadero (GEI) sin destruir la economía de los países y, en consecuencia, la del mundo globalizado? La respuesta fue que sí.

Simplemente de hacer la aritmética del costo económico de la inacción contra el costo de actuar ya, decisiva y comprometidamente, resulta claro que es un pésimo negocio seguir esperando; también mencioné que esa aritmética no es tan simple: se complica por varios problemas a los que me referiré ahora. Paul Krugman (nyti.ms/bBl7V8) cita cuatro de estas razones o argumentos que me parecen muy ilustrativos de las dificultades a vencer.

El primero es que el calentamiento global es un proceso inercial que ya está en operación: recordemos que una molécula de CO2, una vez que llega a la estratósfera, permanece ahí por muchos siglos, quizá hasta un milenio; es decir ya tenemos un costo que habrá que pagar por toda la inacción. En adición, las emisiones de CO2 seguirán acumulándose, incluso con medidas inmediatas y serias de reducción de GEI.

El segundo es que los costos a la economía surtirán efecto en el momento mismo en que las medidas se impongan e implementen como obligatorias y durarán un par de décadas y sus efectos benéficos no serán igualmente inmediatos. El quid del asunto está en qué tanto valoramos hoy los costos económicos de actuar en un futuro distante (no más que cinco o seis décadas) en relación a los costos de actuar inmediatamente.

Un tercer argumento que me parece en especial importante, es que las estimaciones actuales indican que aunque actuemos ya, el calentamiento global no cesará al final de este siglo y los incrementos de temperatura, condiciones climáticas extremas y sus efectos económicos destructivos continuarán en niveles severos; de tal manera que si se decide actuar en un futuro realmente distante, las estimaciones futuras nos dirán que resulta mucho más urgente actuar de inmediato dada la severidad de los daños que pueden ocurrir al fin del siglo XXI.

El último argumento es especialmente crucial. Se refiere a los niveles de incertidumbre. Sabemos que el cambio climático es inevitable: ya está aquí, pero desconocemos la magnitud que podrán tener sus efectos, porque los niveles de CO2 en la atmósfera son los más altos conocidos en millones de años. Un argumento más que convincente es que las predicciones de los modelos climáticos para fin de siglo apuntan a más del doble de incremento de temperaturas de lo supuesto hace pocos años. No sabemos bien la magnitud de los efectos que tendrán sobre las condiciones actuales y el bienestar de las poblaciones; pero la incertidumbre no puede ser una excusa para no actuar, sino muy al contrario. Esta es la posición del pionero en valuación económica del cambio climático, sir Nicholas Stern. Las probabilidades de cambios catastróficos son de al menos 16%, lo cual parece menor, pero es igual que intentar una ruleta rusa en un revólver con un proyectil en una de sus seis cámaras. ¿Alguien dispuesto a jugar a la ruleta rusa?

Una condición inescapable para reducir GEI es que requerirá cambios comportamentales de todos nosotros, especialmente en los países industrializados y las secciones de la sociedad en el resto de las naciones (aproximadamente 20% de la población mundial) que vivimos en condiciones comparativamente privilegiadas con el resto de la humanidad. Tenemos la obligación moral de incluir en nuestro imaginario conceptual global el imperativo de una nueva ética social de valoración del futuro para las siguientes generaciones de seres humanos, y esto requiere tiempo. Adicionalmente, las políticas públicas de los países, especialmente los industrializados, deben adoptar una visión de futuro social mucho mayor que la de los mercados financieros.