Cortázar, ajolotes y Xochimilco

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Cortázar, ajolotes y Xochimilco

José Sarukhán Kermez  ǀǀ  El Universal  ǀǀ  17 de abril de 2015

En esta semana fui invitado por la Universidad de Guadalajara para impartir una conferencia y un curso en la Cátedra Julio Cortázar. La generosa hospitalidad y amabilidad de todos los funcionarios de la universidad volvió a mostrarse como siempre. Al recibir la invitación, me sentí honrado y preocupado, pues no soy escritor y sólo conozco la obra de Cortázar parcialmente. Mi gran amigo y escritor Gonzalo Celorio, me aclaró de qué se trataba la cátedra y me sugirió un deleitable cuento de Cortázar titulado Axolotl, en armonía con el tema de mi curso y conferencia, para que mi intervención en la Cátedra tuviese al menos una
referencia a la espléndida obra literaria de Cortázar.

Los ajolotes son salamandras que pueden mantenerse en forma larvaria por toda su vida en el medio acuático o convertirse, eventualmente, en salamandras terrestres. El Axolotl (nombre náhuatl) causó una profunda impresión en Cortázar, cuando visitaba los acuarios del Jardin des Plantes en París. El escritor narra que, nada más verlos, supo que eran animales aztecas por sus rostros y cuerpos rosados (que le recordaban estatuillas chinas de cristal). Al verlos, quedó con la impresión de que estaba inescapablemente vinculado con ellos, y empieza a desarrollar un creciente mimetismo con ellos en sus visitas diarias al acuario, convencido de que ese proceso, cercano a la transmutación, era algo que “tenía que ocurrir”. Empieza a sentir el ambiente en el que se movían los ajolotes como el suyo propio, con la estrechez del espacio, lo incómodo del piso de piedra y menciona que en esas condiciones “no nos gusta movernos mucho… apenas avanzamos un poco nos damos con la cabeza o la cola de otro…. el tiempo se siente menos si nos estamos quietos… porque esa es una manera de abolir el espacio y el tiempo”. Supo de todo ello antes de ser ajolote: “Cada mañana, al inclinarme sobre el acuario, el reconocimiento era mayor. Sufrían y cada fibra de mi cuerpo  alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua… ellos y yo sabíamos”. Su transformación en axolotl lo lleva a extrañar al visitante que venía cotidianamente y tenía el sentimiento de que “ahora era definitivamente un axolotl y si pensaba como un hombre, era sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa”. Al final se consuela con la posibilidad de que el visitante cotidiano acaso vaya a escribir sobre ellos, creyendo imaginar un cuento.

Hay que complementar esta mágica visión de Cortázar sobre los ajolotes, diciendo que son originarios de México, endémicos del lago de Xochimilco y están seriamente amenazados de extinción por las agresiones ambientales que el lago recibe permanentemente: contaminación de todo tipo, reducción de la zona lacustre, presencia creciente de especies carnívoras introducidas, etcétera; ahí se acaba la magia.

Hace 22 años, se instauró un área de reserva del ecosistema del lago de Xochimilco, que tenía un consejo directivo del que formamos parte, entre otros, el doctor Gustavo Chapela y quien esto escribe. Por el tiempo en que asistimos a las reuniones e informes de cómo iba la reserva, era claro que el área cumplía con su función de conservación. Acabo de saber que el permiso de que esa área siga cumpliendo con esas funciones ha sido denegado por la Asamblea Legislativa del DF, con propósitos que no parecen continuar con la protección de lo poco que puede ser salvado del lago de Xochimilco de la especulación urbana y la comercialización. Ojalá y no sea el caso: nos habremos echado otra piedra a la ya muy llena mochila de vergüenzas acerca del ambiente metropolitano.