Julia Carabias, protectora de los ecosistemas de México

Por Carmen Báez

Ciudad de México. 19 de septiembre de 2018 (Agencia Informativa Conacyt).- La solidaridad y el apoyo al prójimo fueron dos virtudes con las que creció Julia Carabias Lillo, y que hasta hoy son el pilar del quehacer profesional de quien es considerada una de las biólogas más sobresalientes de México.

En entrevista para la Agencia Informativa Conacyt, la también ambientalista reconoce que su convicción por ayudar al prójimo se idealizó con la medicina, pero el camino la condujo al estudio de la biología con énfasis en la ecología, ámbitos profesionales en los que desembocó tal inquietud.

Multipremiada por su quehacer científico, académico y social, Julia Carabias Lillo ha centrado su trabajo de investigación en la regeneración de selvas tropicales, restauración ambiental, manejo de recursos naturales, ecología y sistemas productivos, cambio global, pobreza y medio ambiente, y política ambiental. La distinción más reciente a su trayectoria fue su ingreso a El Colegio Nacional, institución que reconoce a hombres y mujeres de ciencia, escritores, artistas e investigadores mexicanos. Con ello se suma a la lista de 103 miembros de la institución, de los cuales cinco son mujeres.

Oriunda de la Ciudad de México (1 de agosto de 1954), Julia Carabias estudió la licenciatura en biología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde años más tarde se graduó como maestra en biología y ciencias.

Proveniente de una familia de refugiados que llegaron a México al finalizar la Guerra Civil Española, la hoy investigadora y académica de la UNAM recibió de sus padres una educación con enfoque social.

“Mis padres, refugiados españoles, fomentaron en mí una ética de solidaridad, pero me gustaba mucho la naturaleza y por cuestiones fortuitas hice mi examen para la licenciatura de biología. Fue una decisión de último momento. De lo cual me alegro enormemente”, comparte.

En 1972, mientras ocurría la Primera Cumbre para la Tierra, celebrada en Estocolmo, Suecia, y en la cual se adoptó una declaración que enunciaba los principios para la conservación y mejora del medio humano y un plan de acción que contenía recomendaciones para la acción medioambiental internacional, Julia Carabias tenía su primer acercamiento con la Universidad Nacional Autónoma de México, y su decisión por el estudio de la biología no estuvo alejado de lo que exigían los acontecimientos internacionales de la época.

1-maestagallard1918.jpg“Entré a la universidad cuando comenzó todo el debate mundial sobre el medio ambiente; en 1972 me acerqué a la UNAM para explorar su oferta académica y tomar algunas clases pero en mí influyó mucho lo que se debatía en el plano internacional con respecto al tema ambiental y el impacto a la salud humana”, recuerda.

En su etapa como universitaria, se integró muy pronto a los grupos políticos de izquierda. El equilibrio entre todas sus inquietudes lo encontró en el desarrollo sustentable. “Lo integra todo: el bienestar social, el combate a la pobreza, el medio ambiente. Ahí logre hacer mi línea de investigación”.

A partir de 1982, Julia Carabias comenzó a trabajar con comunidades indígenas a través del Programa de Aprovechamiento Integral de Recursos Naturales (PAIR), una iniciativa dirigida a las comunidades campesinas en extrema pobreza de la montaña de Guerrero, y que luego se extendió al trópico húmedo de Tuxtepec, Oaxaca; la zona templada-subhúmeda de la meseta purépecha de Michoacán; zonas áridas y semiáridas del oriente del estado de Durango. Regiones en las que prevalecen condiciones de extrema pobreza y su población es mayoritariamente indígena, con tradiciones sobre el manejo de sus recursos naturales.

“Así fui sumando el tema ambiental desde la ecología, pero con la inquietud permanente en los temas sociales y políticos”, comparte.

En 1994, presidió la entonces Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (Semarnap). Reconoce que fue entonces cuando se cimentaron las primeras estrategias en materia de conservación. Durante su administración se creó la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp).

“Frente a la Semarnap, lo más importante que hicimos fue cambiar la lógica de que quienes usan los recursos naturales son los dueños de donde está la biodiversidad —las comunidades— y no realizar concesiones a terceros. Antes se daban concesiones para extraer el recurso natural —la madera o cacería, por ejemplo—, ahora lo hace quien es dueño de la tierra”, explica.

Conservación en la Selva Lacandona

Al término de su gestión frente a la entonces Semarnap, la maestra Carabias Lillo regresó a trabajar con las comunidades indígenas, pero ahora en la Selva Lacandona, lugar en el que permanece desde hace 18 años.

En 2005, la bióloga contribuyó, junto con su homólogo Javier de la Maza Elvira, a la creación de Natura Mexicana, una organización no gubernamental que trabaja con la comunidad de la Selva Lacandona, realizan proyectos para fortalecer áreas naturales protegidas y mejorar el bienestar social de las comunidades. La organización también monitorea especies de la región en peligro de extinción como el mono aullador (Alouatta caraya), el mono araña (Ateles) y el jaguar (Panthera onca).

De acuerdo con la investigadora de la UNAM, la Selva Lacandona es un sitio muy vulnerable y en riesgo de perder sus recursos si no se trabaja en su conservación.

“La Selva Lacandona es el sitio más importante del país desde el punto de vista de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos. Es ahí donde se concentra la mitad de las especies de México, como es el caso de las mariposas, y 30 por ciento de mamíferos y aves. Es un sitio vulnerable con riesgo de perder sus recursos, con muchas presiones”, señala.

Estudiar y proteger los recursos naturales de la Selva Lacandona implicó un riesgo importante a la seguridad de la maestra Julia Carabias. En 2014, la académica fue víctima de un secuestro en la región, hecho que asegura, más que debilitarla, la fortaleció para continuar en su lucha por la preservación de los recursos naturales.

“Es algo con lo que sueño aún. Es algo que ya no se borra, esto ha sido superado desde la angustia y el miedo. Vivo con ello pero me generó una convicción firme de que estamos haciendo las cosas bien. Si hubo una reacción de ese tipo, es porque estamos afectando intereses económicos en contra. Me preocupa la seguridad de mi equipo pero todos lo hemos reflexionado y somos conscientes de lo que hacemos”, comparte.

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Crisis ambiental y compromiso social

Como es tradición en El Colegio Nacional, cuando un nuevo miembro es aceptado en la institución este lleva a cabo una lección inaugural; Julia Carabias lo hizo bajo el tema sustentabilidad ambiental y bienestar social.

Para la académica y ambientalista, la crisis ambiental actual no tiene precedentes, tanto por su alcance global como por su magnitud, velocidad y consecuencias.

“A nivel global, somos cerca de siete mil 700 millones de personas en el mundo y cada hora nacen 15 mil más, y consumimos más recursos que en ninguna otra época de la vida humana; entre más consumidores, más consumo per cápita”.

Aunque los seres humanos dependemos de los servicios ambientales, refirió, no existe una conciencia colectiva que reconozca la dependencia de esta y actúe en consecuencia. “Cuanto más urbanos somos, más distantes estamos de la naturaleza. Una buena calidad de vida es imposible sin los sistemas biofisicoquímicos, sin estos no se mantiene de manera sana”.

El impacto de la humanidad

Julia Carabias comparte que actualmente existen nueve procesos a escala global en los que la interferencia humana está afectando el equilibrio de la biósfera: la extinción de especies, cambio climático, el exceso de los balances de los ciclos biogeoquímicos, la deforestación y desertización, la acidificación de los océanos, el estrés y ciclo del agua, la reducción de la capa de ozono, el exceso de residuos sólidos, líquidos y químicos, y el exceso de aerosoles en la atmósfera.

También explica que los escenarios económicos ambientales señalan que, de seguir las tendencias actuales, la situación empeorará sustancialmente para el año 2030, dejando una situación muy comprometida para las siguientes generaciones, quienes verán reducidas sus oportunidades y posibilidades de elección y, con ello, su libertad.

Desde la perspectiva de la científica, la dimensión del impacto humano es de tal magnitud que modificamos el curso de la evolución no solo mediante la alteración y reducción de los procesos naturales, sino incluso por la adaptación de especies a las nuevas condiciones que los humanos ocasionamos.

“Es necesaria la búsqueda de opciones compatibles entre el desarrollo económico y social y la conservación de la naturaleza. Requerimos un cambio de cultura que genere nuevas actitudes frente a la naturaleza”, dijo durante su lección inaugural.

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