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Humanismo ¿mexicano?

Rafael Robles de Benito, 28 de febrero 2023, La Jornada Maya

Repetir una y otra vez que van primero los pobres, que no se debe mentir, robar o traicionar, que son mejores los abrazos que los balazos…

Hace unos meses, nuestro gran timonel proponía formular algo que él llamo “el humanismo mexicano”. Francamente, no entendí qué era lo que nos quería decir con eso, y he estado desde entonces esperando una explicación más detallada del asunto. Claro está que, dado que don Andrés tiene el plato colmado de las urgencias, conflictos y prioridades reales e inventadas que entraña gobernar un país tan extenso, diverso y complejo como el nuestro, supongo que algo que requiere tanto tiempo como formular un marco conceptual, se queda muy sumergido en la agenda de pendientes. Debo decir de entrada que resulta loable sin duda que el presidente quiera elaborar ideas, proponerlas y lanzarlas al escrutinio público. Lo que ha hecho hasta ahora, sin embargo, ha sido solamente lanzar una especie de carnada, a ver quién “pica”; y como “el pez por la boca muere”, he caído redondo, y me toca entonces compartir mis dudas y reflexiones.

Para empezar, siempre he pensado que la premisa fundamental del humanismo reza algo así como “nada de lo humano me es ajeno”, de manera que cuando se le pone el apellido de “mexicano” me cuesta trabajo entender de qué se está hablando. ¿Es que solamente lo mexicano es humano?, ¿el resto del mundo es inhumano, o subhumano? ¿Se trata de que “lo mexicano” permite una suerte de superioridad ética, que nos autoriza a quienes presumimos de serlo emitir juicios acerca de lo que hace, o deja de hacer, el resto de la humanidad? ¿O es más bien un panorama axiológico que solamente aplica a quienes hemos nacido en este territorio?

Sé que son muchas preguntas más bien retóricas, pero la intención es visibilizar lo absurdo que resulta poner calificativos al pensamiento humanista, sobre todo cuando se trata de adjetivos tan empequeñecedores como los nacionalismos. Como quiera que sea, la versión de humanismo que se viene promoviendo desde palacio nacional, con la participación del legislativo y las oficinas del partido en el poder, parece más bien un batiburrillo de consignas y refranes, que un sistema de pensamiento formalmente estructurado. Así, pareciera que somos “humanistas mexicanos” si repetimos una y otra vez que van primero los pobres, que no se debe mentir, robar o traicionar, que son mejores los abrazos que los balazos, y que todo lo que padecemos es obra de los neoliberales y conservadores.

No sé si es que el gran timonel aún no nos explica a profundidad en qué consiste su humanismo mexicano, pero hasta ahora el asunto parece quedarse muy corto. Me parece que es humanista quien piensa la realidad poniendo a la humanidad en el centro, sin limitarla a una circunscripción territorial. Se es humanista si se adopta una perspectiva glocal; es decir, si se piensa globalmente, y se actúa localmente. Se es humanista cuando se adopta la premisa de que la raza es un constructo que carece de sentido. Y se es humanista cuanto se da por hecho que somos parte de la naturaleza biodiversa, y que el destino de nuestra especie depende entre otras cosas del cuidado que tengamos con la manera como transformamos nuestro entorno para construir paisajes.

De otra parte, no veo asomo alguno de pensamiento humanista cuando se va entregando paso a paso la cosa pública a las fuerzas armadas, de manera que el papel del Estado, que – de ser humanista – debería velar por la seguridad, la salud, la educación, la libertad y la cultura, responde cada vez más a una lógica militar, que ve en el otro al enemigo a vencer, trátese de comunidades, organizaciones, o incluso ecosistemas y especies.

No me parece particularmente humanista responder a golpe de adjetivos derogatorios a cualquiera que piense de manera diferente, sobre todo si la diatriba descalificatoria proviene del asiento del poder. No puede llamarse humanista, mexicano o extraterrestre, un individuo que se resiste a escuchar, se muestra incapaz de enmendar errores, o incluso de reconocerlos, y se irrita frente a la crítica confundiéndola con el ataque y la agresión. No es humanista quien dice no odiar, como colofón a un discurso que nace del odio, y que aspira a contagiar el odio en quienes lo siguen ciegamente.

¿Es humanista quien dice, sin pruebas ni cortapisas, y desde el asiento del poder, que el otro, cuando lo critica, es mentiroso, tramposo, racista, defensor del crimen organizado, conservador, traicionero, y un largo etcétera de denuestos, y remata diciendo que no odia? ¿Es que espera que quienes le siguen sin cuestionarle, e incluso quienes lo defienden “porque no queda de otra”, adopten su predica de “yo no odio, ni busco venganza”, y consideren que el resto del discurso no es más que ruido entre el follaje?

Claro que quienes escuchan mañanera tras mañanera arrobados y fervientes sí hacen caso de las retahílas de adjetivos que espeta un día sí y otro también el gran timonel. Y luego inundan las redes con más rencores y resentimientos, insultos y mentadas de madre. ¿Cuánto más se puede calentar la escena sin llegar a las agresiones físicas? Y eso si no es que ya se dan casos.

Dice el señor presidente que “es tiempo de definiciones, o se está con el pueblo, o con la oligarquía”. Y resulta que estar con el pueblo significa, en su imaginario, no dudar un ápice de lo que él dice, dar por ciertos sus datos y sus asertos, y considerar que si alguien dice algo distinto, es porque responde a una oscura conspiración de intereses nefandos y apátridas. De modo que, si queremos ser críticos e independientes, somos oligarcas, traidores, mentirosos y racistas… aunque no lo seamos.

roblesdeb1@hotmail.com

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