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Los jardines del Generalife

 

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Rafael Robles de Benito || La Jornada Maya || Martes 23 de mayo, 2023

Jornada

La exploración para convertir el planeta en un mundo humano, ha habido fracaso catastrófico

Paseaba por los jardines del Generalife, en la Alhambra de Granada, cuando empezar a rondar por mi cabeza dos ideas, que me han perseguido desde entonces, y no dejarán de hacerlo mientras no las ponga por escrito, de manera que ahí va. La primera – y que me perdonen por usar una referencia tan binaria, patriarcal y antigua, pero hay que ponerla en el contexto del siglo XV, en los albores del Renacimiento europeo – es que a cada paso que daba entre rosas, granados, vides, arrayanes y muchas otras plantas cuyos nombres no recuerdo, no podía sino comprender cada vez más empáticamente el coraje que debió sentir Aíxa, la madre de Boabdil, cuando este tuvo que entregar la ciudad de Granada a Isabel y Fernando (aquello de “tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando”, fue a mi juicio una graciosa concesión de la primera a su consorte, ya que a todas luces ella era la más bragada), y que le llevó a decirle a su hijo, con toda amargura, “llora como mujer lo que no pudiste defender como hombre”. A cualquiera habría enojado sobremanera tener que abandonar esa opulenta belleza, tras ser derrotado en batalla.

La segunda idea que me asaltó durante ese paseo tiene que ver con la discusión que se desató entre mi compadre y yo a raíz de mi breve análisis de los efectos del trasiego de genomas durante las interacciones entre pueblos, que me sugirió la presencia de ceibas en los parques de Valencia, y que ofrecí en este mismo espacio hace un par de semanas. Antes que nada, déjenme aclarar que mi compadre es un optimista informado; es decir, es un pesimista; mientras que yo soy un pesimista resignado; esto es, que soy un optimista irredento e imbatible. Esta diferencia de caracteres nos llevó, como siempre con todo respeto y cariño, a una discusión que me atrevo a resumir de la siguiente manera: tras leer mi artículo, él me preguntó si se podría decir que la actividad humana de translocar especies y su simiente podría considerarse como la segunda causa de pérdida de la biodiversidad, cosa que yo dudo. Él entonces respondió diciendo que los humanos somos una especie invasora, a lo que yo dije que no creía que cupiésemos precisamente en esa categoría, y él contestó que entonces debemos ser una plaga. Tampoco satisfecho con esta posición, le dije que no me siento a gusto con reducir a nuestra especie a nuestra mera condición biológica, ya que – y me ruborizo un poco ante mi cursilería – somos el animal con alma.

Desde que apareció nuestra especie sobre el planeta, se ha caracterizado por cuando menos tres elementos fundamentales: construye herramientas y las reproduce y conserva, inventa lenguaje, con el que designa los objetos de la realidad y construye otros objetos – abstractos – que no figuran en lo real sensible, y transforma su entorno, de lo que fuera sin más ecosistema, a paisaje; es decir, un constructo cultural, de hechura social e histórica. Esta construcción de paisajes ha conducido a logros tan perdurables como los amplísimos territorios agropecuarios que han acompañado a las civilizaciones desde la media luna fértil, los márgenes de los ríos de la india y el YangTse, y las feraces y diversas tierras agrícolas de la América prehispánica, hasta nuestros días. Las civilizaciones, y sus apabullantes logros estructurales, el complejo laberinto del pensamiento humano, y todas las artes, descansan sobre estos procesos de transformación del medio ambiente. Desde luego, en esta exploración para convertir el planeta en un mundo humano, ha habido también fracaso catastrófico, y pareciera que en la medida en que aumentan las poblaciones de humanos, se incrementa también a magnitud de estos desatinos destructores, y autodestructivos.

Cuando vemos catástrofes ambientales como las tormentas de polvo en el centro de lo que hoy es Estados Unidos, durante las postrimerías del siglo XIX, la destrucción de las selvas de Tabasco, en nuestro país, a raíz de los grandes planes agropecuarios de La Chontalpa y Balancan-Tenosique, la perdida de los bosques tropicales de Indonesia, que ha terminado casi del todo con las poblaciones de “las gentes de la selva” (los orangutanes), para sustituir la vegetación originaria por plantaciones monoespecíficas de palma de aceite, por mencionar solamente algunos ejemplos, parece justificado considerar que nuestra especie funciona como una invasora sin competidores que la acoten, a como un mal parásito, que mata a su hospedero y se condena, por tanto, también a morir.

Pero lo cierto es que al mismo tiempo somos la especie que crea los jardines del Generalife, o los de Moctezuma y Oaxtepec, en México. También debiéramos recordar siempre que las selvas mayas yucatanenses no son precisamente selvas prístinas, intocadas por manos humanas, sino que son el resultado de una meticulosa urdimbre de siglos de relación entre la selva y sus residentes originarios, los pueblos mayas, que vieron su manera de apropiarse el entorno quebrantado por la llegada de europeos que, a su vez, quisieron transformar estos ecosistemas en paisajes que les resultaran más familiares.

El punto al que quisiera llegar es que somos el animal que crea paisaje, y que este proceso puede ser tan virtuoso como catastrófico, y que la cuestión está en tener la cautela para evitar que se convierta en lo segundo, y la humildad para dar marcha atrás y restaurar lo destruido cuando nuestras decisiones demuestran ser lesivas para la sustentabilidad de nuestro entorno. Por eso es cada día más importante aproximarnos a la apropiación del patrimonio natural con un criterio precautorio, y hoy más que nunca, ser conscientes de la importancia de destinar recursos a la restauración de las porciones del territorio que se han visto deterioradas por decisiones erróneas del pasado, o del presente.

roblesdeb1@hotmail.com

Fuente: https://www.lajornadamaya.mx/opinion/215289/los-jardines-del-generalife-alhambra-de-granada

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