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En ruta de colisión contra la biosfera

Crónica de una catástrofe planetaria anunciada

GLOCALFILIA  ||  La Crónica de Hoy  ||  10 de noviembre 2017
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La COP23 de cambio climático, en Bonn, Alemania, del 6 al 17 de noviembre, intentará resolver el acertijo de cómo cumplir el Acuerdo de París (2015), cuyo objetivo central es evitar que la temperatura superficial promedio de la Tierra se incremente más allá de los +2 Centígrados, respecto del promedio preindustrial (hasta 1870), hacia fines de nuestro siglo. Y todavía más, atendiendo las preocupaciones de los Pequeños Estados Insulares (a quienes el ascenso del nivel del mar los borrará del mapa), los signatarios del Acuerdo de París se comprometieron a realizar todos los esfuerzos posibles para que este límite sea solamente +1.5ºC. Sin embargo…

El principal instrumento del Acuerdo de París son la Contribuciones Previstas Nacionalmente Determinadas (CPND, INDC por sus siglas en inglés; http://www4.unfccc.int/Submissions/INDC/Submission%20Pages/submissions.aspx). Nacionalmente determinadas, es decir, que ya no se trata que un órgano supranacional imponga límites a las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de los países mayores emisores (como lo intentó, infructuosamente, el Protocolo de Kioto), sino que cada uno dice lo que puede y quiere hacer para reducirlas y mitigar el calentamiento global. Pero haciendo cuentas —ya lo hemos dicho aquí—, la suma de todas las CPND apenas alcanza para poco menos del 23% de lo necesario para evitar +2C; es decir, nos mantenemos en una ruta de +3.5ºC. (Y con la pretensión de abandono por parte del presidente trumpeta, las cuentas caen a un 20%).

Como sabemos, la principal fuente de emisiones de GEI es el uso intensivo de combustibles fósiles como principal fuente de energía, sea para generar electricidad, para transporte o para procesos térmicos industriales (producción de cemento y acero) y residenciales (los países norteños fríos consumen una altísima cantidad para calefacción en inviernos y los muy cálidos para aire acondicionado en veranos). Y la segunda es la deforestación y el cambio de uso de suelo, la pérdida de capacidad fotosintética que captura carbono y oxigena el aire que respiramos. Modificar nuestros modos dominantes de consumo y producción es un rompecabezas que se ha vuelto dolor de cabeza para todos los que empujamos la migración a fuentes renovables de energía (solar, eólica, mini-hidráulica, mareomotriz). Particularmente la termo-solar (no fotovoltaica). Por ejemplo, si México implementara estas tecnologías (ya en mercados y con precios de generación por kilowatt hora menores o iguales que con combustibles fósiles), en una superficie de 30km por lado podríamos generar toda la electricidad que el país requiere.

Pero vaya usted a saber cómo hacer estas cosas posibles. Como indicaba este miércoles 6 de noviembre el Dr. José Sarukhán  (http://www.cronica.com.mx/notas/2017/1051511.html), los gobiernos de los países más desarrollados responden a presiones de las grandes corporaciones industriales que desean mantener sus modos de producción tradicionales. Y ahora, con Trump en la presidencia de los Estados Unidos, los lobbies del carbón y combustibles fósiles no solo mantienen su poder sino provocan una regresión de los flacos avances que se habían logrado hasta Obama. Vivimos ante la crónica de una catástrofe planetaria anunciada, «el medio ambiente va en ruta inevitable de colisión».

Hace unas semanas la Organización Meteorológica Mundial anunció que 2016 había sido el más caliente de los últimos 200 años y habíamos alcanzado la cota de 403.3 partes por millón (ppm) de CO2 (bióxido de carbono) en la atmósfera terrestre; cuando las concentraciones preindustriales nunca rebasaron las 280 ppm. La humanidad ha bombeado más de un billón de toneladas a la atmósfera y, hacia 2030, habremos bombeado 0.75 billones más.

El cambio climático es, en realidad, la transgresión humana del ciclo biogeoquímico del carbono, pues le metemos más a la atmósfera de lo que la fotosíntesis planetaria es capaz de capturar. El cual es uno de los umbrales planetarios de grandes procesos de la biosfera que estamos transgrediendo: pérdida de biodiversidad, límites de disponibilidad de agua, acidificación de los océanos, contaminación química y por nuevos materiales (plásticos en los océanos, nano-residuos), pérdida de suelos fértiles, desertificación, carga atmosférica de aerosoles, adelgazamiento de la capa de ozono y ciclos biogeoquímicos del nitrógeno y del fósforo.

Vamos en el tren de la insustentabilidad, a toda velocidad. El puñado de familias más ricas del planeta van en primera VIP y no les interesa más que mantener y acrecentar sus inmensas fortunas (las ocho personas más ricas del planeta acumulan lo que la mitad más pobre de la humanidad: OXFAM). Los que viajan en primera y businness class, cómodamente sentados en sus grandes fortunas, sólo desean echarle más combustible fósil a la máquina para continuar enriqueciéndose. Las clases medias no pueden mucho más que mantener sus empleos, no sea que lo pierdan y pasen a las filas de la pobreza. Mientras los pobres del mundo observan pasar el tren cada vez más rápido.

Sin embargo, no todo está mal, pues de la 1ª Cumbre sobre Medio Ambiente y Desarrollo en Estocolmo, 1972, a la fecha, algunos sectores de mediano ingreso (en ocasiones apoyados por grandes fortunas con inclinación filantrópica) y organismos internacionales (particularmente la ONU) han creado batallones de especialistas, academias, organizaciones sociales y think tanks que desarrollan conocimientos y alternativas estratégicas en la dirección de la sustentabilidad. Contamos con masas críticas de especialistas, estamos preparados, sabemos qué hay que hacer; la cuestión es que quienes gobiernan no lo hacen…

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